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La esperanza. Un cuentito bonito de Espe Palacios

La Esperanza


Había una vez una niña...
una niña maravillosa llena de luz, de alegría y de esperanza...

Los días iban sucediendo ordenadamente, después de la primavera, llegó el calor del verano. Perezosamente empezaron a caer las primeras hojas que anunciaban un otoño colorido por hermosas tonalidades y después de caer la última hoja, llegó el invierno, invasivo y frio.

Fría se le iba quedando el alma de aquella niña que en su niñez, perdió la esperanza de tocar las estrellas con sus manos y de brillar como una más. Como el aleteo de una mariposa, sutil y silenciosa, allí se quedó desnuda...sin tener ropajes que cubriesen su cuerpo y le dieran una pista de su propia identidad.

Pasaron los días...

Así la niña creció, no perdió su sonrisa, aunque esta en ocasiones era tan solo un recuerdo que evocaba momentos llenos de plenitud y alegría.

La niña se aisló en algún rincón del cuerpo de mujer en el cual se había convertido.

La cotidianidad, las prisas, el estrés. Todos esos elementos aislaban aún más a la pequeña niña olvidada.

La niña olvidada, lloraba silenciosamente sin ser escuchada y mientras dentro sucedía todo esto, fuera , el cúmulo del día a día era una carga que cada vez se hacia más pesada de llevar.

La seriedad de la vida, hizo que la sonrisa imborrable y perpetua, se transformase en una especie de mueca y ahí se perdió junto al olvido.

Un buen día, mientras observaba las nubes grises que formaban parte del paisaje incoloro, le vino a la cabeza una idea y en ese preciso momento, la niña dejó su aletargado silencio y miró con curiosidad la idea llena de luz que parecía haber creado una nueva conexión entre ambas.

Trató de comunicarse aportando y rescatando las vivencias de una niñez olvidada y no por ello, carente de momentos cálidos y entrañables. Abrió su mirada y la llenó de alegría, pintó las nubes de colores, jugueteó con las hojas de los árboles haciéndolas caer, bailó con el viento y se maravilló con el atardecer.

La mujer miró a los ojos a la niña, lloró junto a ella y se disculpó por su falta de atención, por su falta de conciencia. Abrazó a esa niña, la acunó en sus brazos, acurrucó con ternura la fragilidad de su existencia y se perdió en esa mirada profunda.

La niña anhelaba la ternura de esas caricias, de esos besos y abrazos. Ahora le invadía una sensación de plenitud que hacia ya tiempo que había olvidado. Mientras, contemplaba el rostro de aquella hermosa mujer, se dejó acariciar todas las heridas, sintiendo como una a una se iban cerrando , como una a una se iban aliviando. Un manto de amor envolvió aquel momento y sin saber cómo, se detuvo en el tiempo.

Mujer y niña, entendieron, comprendieron que las dos eran una y desde entonces cuando la bella mujer ha de tomar alguna decisión, lo consulta con la parte más sabia de ella misma, su niña interior.

Ésta llena su vida, le enseña a vivir con plenitud, le enseña que los momentos difíciles forman parte del juego y que es necesario seguir haciendo camino y que cuando hay que pararse, ese momento ha de llenarse de reflexión y de escucha, porque es el corazón quien nunca se equivoca, es el corazón quien tiene siempre la razón.

Que no hay nada fuera que pueda cubrir la necesidad interna que pueda tener.
La niña le enseño a jugar con la vida y desde ese momento el estrés, las cargas, los ruidos, todo, desapareció y lo cambió por la calma. Los ruidos los transformó en silencio. Jugó con las sombras y de los malos sueños hizo hilvanar el tapiz de su existencia transformándolo por experiencia, sabiduría y aprendizaje .

El conocimiento abrió la puerta a un nuevo mundo lleno de posibilidades, que hizo que todo su mundo anterior, todas sus estructuras se esfumasen y los limites dibujaron un sinfín de diferentes formas de ver su propio mundo.

Y es así como sus vidas se llenaron nuevamente de alegría y de esperanza.
Sus pensamientos conscientes eran creadores y estaban llenos de luz.

Desde entonces esas dos ahora son una y esa una es un todo.

Reconocer tu niñ@ interior es la integración con el ser.


Espe Palacios




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