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Eso del maltrato psicológico es un cuento, Por Olga Rivas

Eso del maltrato psicológico es un cuento.


Mi gato, dormido encima de mis piernas mientras estoy sentada, se ha asustado de un ruido y ha clavado profundamente sus largas y fuertes uñas en mi muslo derecho. Está tan fuera de sí que no es capaz de sacarlas y yo grito de dolor, pues si tiro de él, me desgarra la pierna. En medio de la confusión logro mirar hacia la persona que está a mi lado; logro mirarlo a él… que mira impasible hacia el televisor, como si no sucediera nada.
Sola (en todos los sentidos posibles) logro separar al gato de mi pierna… y me lamento y observo unos instantes. Entonces le miro, entre nerviosa y sorprendida, con mi respiración agitada, y temerosamente le hago la pregunta: ¿Por qué no me has ayudado? No era una crítica negativa, era una pregunta que me surgía del alma. Silencio y mirada hacia el mismo televisor durante unos largos segundos, y finalmente unas palabras congeladas, absolutamente impasibles: “te dije que era mejor no tener animales y que este gato tiene que salir de esta casa”.
Recuerdo que no me indigné demasiado. Sólo ahora, retrospectivamente, logro traer a mi consciente que la pena me ahogaba, pero yo no la veía. Chapoteaba en esas sucias aguas para sobrevivir… Lo veía medio normal…. En aquel entonces  mi dignidad era un pobre boceto sin concretar. No sabía muy bien qué era eso… Evidentemente conocía el significado de ese concepto, pero no cobraba vida en mi persona; no ser bien tratada era un estado natural, no era algo cuestionable, no con la fuerza que hubiera sido esperable desde mi despertar actual. No es algo innato en el ser humano ser consciente de que tiene derechos, o quizá conectamos antes y de forma brutalmente más clara con nuestras obligaciones y culpas.
Cualquier cosa que yo cuente aquí no explica nada. Sería como pretender que los demás entendieran un dibujo completo enseñando tan sólo dos o tres trazos del mismo. Pero si ayudará a esbozar al menos algo de la cuestión.
Nunca me insultaba o agredía físicamente, no había “nada” para reprocharle. Nada con entidad, nada concreto ni palpable aunque fuera en un sentido simbólico.
Es muy complicado expresar a los demás que el daño está en el hueco, el vacío, en lo que no está, pero es.  Si dices “me ha gritado y empujado” es algo. Si te deja de hablar dos  días porque le negaste excepcionalmente un rato de intimidad al estar enferma ¿Qué ha hecho? Si esto es tan habitual que no te habla durante cientos de días al año, todo se agrava. Todo está borroso: ¿no habla, o no “te” habla? ¿Estaba enfadado, o simplemente no tuvo ganas de hablar….? Siempre hacía lo mismo, con lo cual cualquier negativa esporádica de mi parte, me llenaba de gran miedo y nerviosismo.  “No exageres… quizá estaba cansado y no tenía ganas de hablar… ¡yo no he visto un hombre tan celoso de ti, te quiere mucho! No te ha hecho nada, no? Pues ya está!”.
¿Cómo transmitir la nube negra que invade el día a día paralela a ese silencio?. ¿Cómo explicar que tienes muchas ganas de vivir y siempre eres extrañamente frenada? ¿cómo hacer entender que el hecho de que no te traten mal, no quiere decir que te estén tratando bien?. Tu sabes que es un silencio injusto, intencionado, incisivo, pero…. No sabes bien cómo darle forma, cómo probarlo. Ni como probarte que no eres culpable. No porque haya que probarlo a los demás (que también, desgraciadamente, cuando finalmente tomas decisiones de abandonar y quieres explicar las causas) sino porque: ¿cómo probártelo a ti misma? ¿Está tratándote mal, o yo estoy un poco loca? ¿cómo no desgastarte física y emocionalmente cuando esto no es un suceso aislado sino la forma de vivir? ¿cómo asumir que todo está condicionado a satisfacer deseos, elecciones, opiniones, y si no: “dejas de existir” a través de un tácito castigo o cualquier otra artimaña sutil?. Un castigo sin huellas visibles, enmascarado incluso como un pacifismo brillante a los ojos ajenos. Es algo que lo invade todo, pero no es nada. Es la “ausencia de” la que hiere, y ¿cómo explicar ese arma invisible? ¿cómo no irte apagando en algún punto de tu existencia, cómo no perder brillo cuando ese sol negro es todo el foco que a ti se dirige a diario? El trabajo bien cumplido, fidelidad, entrega…. Pero tú estás castigada. Permanentemente castigada… a no ser que satisfagas siempre –sin excepción- todas sus demandas. Demandas que normalmente satisfaces plenamente, tú le amas, pero éstas no cesan de multiplicarse caprichosamente, carentes de cualquier empatía y comprensión.
  • ¿Qué tal el viaje? Te echo mucho de menos, te quiero, ¿Te estás acordando de mí??
  • Estamos comiendo.
No ha hecho nada, no ha dicho nada malo, nada ha cambiado, no “pasa” nada…. Respiro…y me auto-convenzo. Pero en realidad pasa todo… Así, en forma de hueco, de “no sabes cómo expresarlo”.
Recuerdo a algunas personas de mi entorno siempre minimizando las cosas, si algún día de debilidad contabas algo. ¿Qué más quieres, si “el muchacho” es así….? no le dés mucha importancia, no te pega, no se va con otras….
Recuerdo también que en cierta ocasión tuve que ir andando muchísimo trayecto, nerviosa, tras una riña (pasaban muchos detalles, todos los días, era imposible acertar, su malestar, sus celos infundados, sus enojos… crecían como la mala hierba). Yo esperé que se compadeciera, no sé… que al final me alcanzara, me ayudara…. Se conmoviera. ¿Por qué esperaba esto si jamás había sucedido? Siempre me alimenté de una idea. Siempre le proyecté lo bueno, esa era la causa de mi dependencia (la idealización) del mismo modo que a menudo se suele proyectar lo malo. En ambos casos estamos proyectando nuestro interior y estamos en “la ilusión”, no en lo real. Por eso, para salir de nuestros problemas personales hay que mirar hacia atrás y entender donde se gestó eso. Él era tan estratégicamente pacífico, tan sutil en sus formas, que la que lloraba a veces y perdía los nervios era yo , y ahí –automáticamente- perdía la batalla. Una batalla obligada que jamás quise tener. En aquélla época aún quería que los demás me entendieran. Esa era mi batalla. Necesitaba un “tú” amigo, alguien que me devolviera mi imagen, que proyectara como en espejo mi cordura, porque los límites por momentos se desdibujaban, necesitaba un apoyo. El me había tenido mucho tiempo esperando, yo me encontraba en mal estado, en algún lugar que no recuerdo; estaba agotada y le recriminé levemente que dónde estaba, que cómo había tardado tanto. La bronca de su parte justificándose no tardó en estallar, yo ya no pude más, y me fui andando. Y llegué a mi casa, sola como siempre claro. Después llegó él….  Con su rostro de siempre: el congelado, el que tiene las ideas cien por cien claras, el que no ve más allá de su “razón”. Hace tiempo un profesor me explicó que la cordura, aunque se refiere al cerebro, tiene su raíz en el corazón, de ahí que sea “cordura”: de cord-cordis, corazón. No puedes estar cuerdo si tu razón está sola, Si no es co-razón, si tu cerebro y corazón no marchan a la par.  
Estaba agotada a todos los niveles, pero me dolía tanto estar permanentemente en falta…. Él me mostraba mi supuesta falta: yo me quejaba y “él no hacía nada malo”…. yo no era buena. Pero yo lo amaba, era viernes, lo teníamos todo, podíamos ser tan felices…. Qué lástima derrochar así la vida. Me acerqué a él –como tantos cientos- a pedir disculpas. No recuerdo muy bien de qué, no sé… de lo que había sucedido, de haberme permitido demandarle algo, de lo que fuera….  No es que pidiera disculpas en falso, ni con falta de humildad, pero sentía que algo se rompía dentro de mí, en realidad en esos momentos yo no me estaba amando.
Pero ¿qué era ser yo?.  
Él aceptaba mi bandera de paz casi sin mirarme,  con algún gesto o beso forzado, y con esta frase implícita en su actitud y talante: “ok, acepto las disculpas que desde luego merezco, porque estoy muy enfadado contigo, estoy indignado”.
Disculparme de algo que no había hecho, con él, era además como pretender acariciar a alguien que está detrás de un muro.
Una vez más me tragué el malestar, y con no pocas dosis de inocencia olvidé todo y me dispuse a disfrutar de una noche de cine hogareño con él. Todo estaba perfecto, hasta las copas de vino en la mesa. Jamás me ha importado qué veamos en la televisión, pero recuerdo que esa noche –por si no era suficiente con lo ya vivido durante el día- le pedí ver algo en concreto, algo que por motivos muy fundamentados para mí era importante ver; toda mi actitud le integraba , mi ilusión era ver aquello “con él”. Una vez más no hubo palabras, no hubo riñas… sólo se levantó y se fue a dormir : “pues entonces me voy, eso no me interesa”. Muy sola vi el programa… descolocada…de nuevo estaba en falta… y gastaba toda mi energía en convencerme de que –efectivamente- no pasaba nada. El amor era así decían, sacrificado… El amor debía ser eso… Estar acompañada sola. No porque no estuviera físicamente esa noche a mi lado, que también, sino por esa soledad que surge cuando el otro no te vé, no te tiene en cuenta a ningún nivel. No es el “qué” sino el “cómo”.
Años después tras uno de sus “castigos” de causa desconocida, estallé en fuertes gritos y un estado de nerviosismo extremo. Había descubierto una grabadora pequeña insertada en un lugar de la casa, y según deduje me había estado grabando cerca de un año, a juzgar por todo lo que escuché dentro. No descubrió nada negativo, pero dio igual. El proceso fue el mismo: silencios, frialdades, ausencia de diálogo, sólo me devuelve mi gran culpa, la que él vé sin lugar a dudas. Soy tan dependiente que tras largos días de hastío y enfado, como siempre me acerco yo a él. Acepta con desgana. No hay un segundo de “comunicación” de ser a ser, no hay comunión, no hay un tú ahí. Llegué al trabajo y de repente mi cara y mano derecha no funcionan bien, las siento anestesiadas. Quiero verbalizar algo y no lo hago bien….  Paso 4 días ingresada realizándome todo tipo de pruebas, nada físico gracias a Dios. No hay “nada”, ni afuera ni adentro de mí. Ingresada en el hospital me obliga a realizar algo incontable en ese contexto.  Diagnóstico al alta: crisis de ansiedad. No hay nada, no pasa nada…. No tienes nada…. ¿Ves?  todo está bien Olga… y míralo ahí, ha venido a buscarte bien temprano….
Me reservo concretar con cual de mis parejas he vivido esto, estas pinceladas de una realidad mucho más enorme; no importa con quién, yo no estoy hablando aquí de ningún ser humano, de alguien que hizo lo que pudo y que es hijo de su propia historia. Este escrito habla  de mí, yo soy el centro del escrito, hablo de mí. Porque sólo así pude encontrar la salida: volviendo a mi propio centro. Saliendo por la dolorosa puerta tras la cual quedaba atrás la creencia de que una mujer no puede pensar en sí misma, desplegar todo su potencial –al menos intentarlo!- y buscar la felicidad. Escribo esto porque hasta las mujeres te miran de reojo cuando estás en este tipo de situaciones, las mismas que luego califican a los hombres de machistas y otras cosas. Escribo esto porque sé que molesta, y es bueno que moleste, para que las mujeres nos preguntemos por nuestro grado de empatía y sombras interiores.  Escribo para poner “un poquito” de voz a tantas mujeres que callan –yo misma- porque esto supuestamente no está bien, y porque hasta los más cercanos se te ponen en contra cuando literalmente no sabes cómo empezar a explicar qué te pasa. Callamos porque nos dicen que nos victimizamos, nadie entiende que no siempre describir un hecho es juzgar personas. Nadie entiende que tú precisamente no le odias a él… que le comprendes, que te compadeces –en el más sano de los sentidos- . Aceptar que esto no se entiende es por fin liberador. Desapegarte de que te entiendan. Pero callar siempre, no poder transmitir ni compartir algo jamás, por alguna tácita y cruel ley latente en lo social? No gracias. El mismo sometimiento de siempre sobre la mujer, que adopta nuevas y retorcidas formas, más refinadas, eso sí.
Hablo porque me da la gana, porque lo creo positivo y conveniente, porque en el planeta hay millones de relaciones dañinas difíciles de analizar, y hay que irle poniendo nombre a las cosas. Y porque nuestra única responsabilidad como mujeres es decidir seguir compartiendo de este modo la vida con alguien. Hasta la física cuántica nos dice actualmente que el mundo sutil, el invisible, es el más poderoso y el que dirige a la materia, que todo es energía, y todos somos energía. Por tanto, no minimicemos el trato que el otro nos realiza moviendo sus hilos desde lo invisible. Y preguntémonos    –exclusivamente- qué nos pasa a nosotras si lo consentimos.
El inconsciente tiene estructura de lenguaje, dice Lacán. Por eso verbalizar es sanador, y más cuando allá afuera en lo familiar y en lo social, no se vé nada concreto, cuando todo parece estar bien.
  • Pero qué te pasa, es un drama romperlo ahora todo ¿no será que no aguantas nada?
  • No sé cómo decirte… yo lo amo profundamente pero…
  • Si lo amaras, no lo dejarías, él no te quiere dejar, se vé que te quiere más…
(Qué impotencia, qué ironía….)
  • No lo entiendes, es algo emocional, es como un daño diario psicológico….
  • Eso del maltrato psicológico es un cuento…. Al muchacho se lo vé bastante bueno….
¿Dos imágenes? Pues aquí tenemos una de mi gato, que sirvió de detonante en un momento dado de mi vida para despertar un poco más ☺. No es exactamente él, pero era idéntico:

Y aquí me tengo a mí misma, pasando del “acompañada-sola” al “sola-acompañada”.

Maravillosamente imperfecta, escandalosamente feliz, como dice Walter Riso; feliz no significa perfecta, ni con una vida perfecta. Es perfecta en su imperfección, tengo mis luces y sombras, mis logros y fracasos, mis miedos y valentías, pero la imagen expresa cuál es mi situación tras elegir pasar el duelo por lo que no pudo ser: serenidad, tranquilidad, libertad, luz.



 Olga Rivas
 Consultora psicológica.
 cursospsiorc@gmail.com
 ayuda-psicoemocional.webnode.es
 facebook.com/orivcor



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